la arqueología

lunes, 5 de noviembre de 2018

Tendencias Actuales

Actualmente el historicismo cultural sobrevive en muchas zonas del globo, si bien matizado e influido por la renovación constante de la teoría arqueológica. Hoy día, este paradigma ya se atreve a realizar inferencias sobre estructuras económicas en los periodos más antiguos de la Prehistoria y, a medida que ésta avanza, ya se incluyen también deducciones sociales e, incluso, espirituales, aunque, en este ámbito, como diría Gabriel Camps, "campa la especulación".​ El énfasis principal de los modernos seguidores de este paradigma es el establecimiento de una cronología precisa, concentrarse en la minuciosidad del trabajo de campo (la excavación, la tipología, la tecnología, en fin, los datos empíricos, con una impresionante panoplia de ciencias auxiliares). Igualmente en el ámbito de la antropología física, se centran en descripciones precisas de cada medida o cada coeficiente óseo, huyendo de las generalizaciones, lo que conduce a la multiplicación de las subespecies humanas perfectamente situadas cronológica y culturalmente, pero mal relacionadas genéticamente.

A partir de los años 60, el panorama comenzó a cambiar, apareciendo más enfoques científicos, muchos de los cuales tenían pretensiones nomotéticas que, mal o bien enfocadas, beneficiaron y enriquecieron las perspectivas epistemológicas de la Arqueología y la Prehistoria. La prueba radica en que ya hay, por fin, manuales universitarios que no se limitan a explicar la mecánica del trabajo arqueológico, o la simple sucesión de culturas, atreviéndose a enfrentarse a los problemas de interpretación teórica de los resultados. El desarrollo de la teoría arqueológica ha acarreado la imposibilidad de abarcar todas las tendencias, siendo unas claramente mayoritarias ("archaeological mainstreams") y otras muy localizadas ("archaeological minorities"), lo que no les quita valor epistemológico, pero sí dificulta su acceso.

Arqueología Tecnológica

A falta de avances epistemológicos, la arqueología tradicional renunciaba a indagar aspectos psicológicos y sociales de las culturas que estudiaba, reconociendo que de hacerlo se incurriría en una especulación completamente vana. Pero tras la Segunda Guerra Mundial pudieron favorecerse y reforzar su trabajo con la ayuda de numerosos avances técnicos susceptibles de ser aplicados en Arqueología: la sedimentología desarrollada por Wadell desde 1932; también era conocida desde los años 30, la datación por dendrocronología desarrollada por Andrew Ellicott Douglass y la palinología, introducida en las excavaciones por los ingleses Hyde y Williams en 1944. La prospección aérea se desarrolla en los 50 gracias a la labor del francés Roger Agache y el inglés Osbert G. S. Crawford. La datación por 14C fue desarrollada por William Libby entre 1945 y 1949; el refinamiento del sistema de excavación cuadricular por coordenadas cartesianas y siguiendo los estratos naturales, por parte de Mortimer Wheeler en 1954,​ las aportaciones en la cronología del Cuaternario (geomorfología cuaternarista), el descubrimiento de la cronología isostática para las playas fósiles; los descubrimientos paleoantropológicos de Louis Leakey desde finales de los 50; el desarrollo de la tipología lítica por François Bordes, la introducción de cálculos matemáticos sencillos. La aplicación de los estudios de microfauna por Chevchenko y el primer estudio integral del medio ambiental en Star Carr (Inglaterra) por el arqueólogo Grahame Clark, ambos en los años 50... En general la Arqueología prehistórica desarrolló una serie de procedimientos prácticos apoyados en los descubrimientos de otras ciencias más avanzadas, casi todas procedentes del campo de las Ciencias naturales o, incluso, de la Ingeniería.

Arqueología Cultural Historicista


Al mismo tiempo que en el Extremo Oriente se daba esta orgía arqueológica y en América se daban cuenta de su potencial, en Europa occidental se daban pasos decisivos para el desarrollo de la arqueología prehistórica. Hablamos sobre todo de Francia, donde se libró la batalla de la estratigrafía para determinar la secuencia del Paleolítico. Poco antes de morir, en 1898, Gabriel de Mortillet había establecido la sucesión cultural en las siguientes fases: Achelense, Musteriense, Solutrense y Magdaleniense. Sobre esta base, excavando innumerables cuevas, Henri Breuil refundió progresivamente el cuadro general del Paleolítico, dándolo por bueno en 1932: a las culturas señaladas por Mortillet añadió un Abbevillense, previo al Achelense; también estableció unos niveles anteriores al Solutrense, que denominó Auriñaciense. Poco después Denis Peyrony, rival de Breuil, enriqueció la secuencia con el Châtelperroniense y el Gravetiense (ambos surgidos de la división del Perigordiense). Previamente, los geólogos Bruckner y Penk, estudiando los depósitos del Danubio, establecieron en 1903 la existencia de cuatro glaciaciones cuaternarias que bautizaron con nombres de afluentes de este gran río: Gunz, Mindel, Riss y Würm (Breuil se apresuró a correlacionar las culturas con las cuatro glaciaciones. Todas estas aportaciones surgen de una metodología meramente estratigráfica, pero a veces carecían de deontología. Muchos yacimientos fueron literalmente vaciados en una loca carrera por ser el primero en establecer la secuencia. Breuil y Peyrony son el ejemplo más dramático del sacrificio de toneladas de estratos arrojados a las graveras, sin un momento de respiro para meditar. Era como un choque de trenes en el que pareció vencer Breuil, pues sus teorías prevalecieron, pero, en realidad, todos salimos perdiendo, pues la cantidad de información que se perdió jamás podría ser sustituida.

Recientemente, un arqueólogo danés definió esta ansia por excavar para ver qué pasa como una enfermedad que atacaba a ciertos científicos, la llamó "la rabia del arqueólogo".

Esta era la triste realidad que rodeó a los hoy afamados arqueólogos franceses de principios del siglo XX. Para ellos, la Prehistoria no llegaba más allá de ser una mezcla de Paleontología e Historia de las culturas. Cierto que se creó un cuerpo enorme y coherente de conocimientos, pero la Prehistoria tenía una exigencias muy superiores. Por eso, a lo más que se llegó fue a una sucesión lineal de culturas, unas tras otras, dividiéndose como ramas de un árbol, caminando indefectiblemente hacia el progreso, hacia la luz. La descripción y la búsqueda de similitudes entre grupos tipológicos es muy importante para la Arqueología cultural, de ahí el interés en la taxonomía. Lo cierto es que la mayor parte de las innovaciones técnicas de la arqueología (sobre todo la prehistórica) proceden de la escuela historicista. No sólo hablamos de la recopilación de un impresionante registro, también de los procedimientos de trabajo. Pero este paradigma tradicional renunciaba, generalmente, a la inferencia y a la generalización, por lo que sus logros son, casi todos, descriptivos, esto es, de muy bajo nivel epistemológico; como mucho se alcanza un nivel epistemológico medio, pero nunca el más elevado.​ El resultado es una serie de conclusiones estructuradas de manera similar a la de los historiadores: son empíricas, narrativas e ideográficas, es decir, sin posibilidad de verificación científica.


Pero en 1925 había ocurrido un hecho tan crucial como cualquier descubrimiento arqueológico, el australiano Vere Gordon Childe editaba «Dawn of the european civilization», que, en palabras de Glyn Daniel es "no sólo un libro de una incomparable erudición arqueológica, sino también un nuevo punto de arranque para arqueología prehistórica".​ En él, desarrolla sus teorías sobre el impacto Indoeuropeo en el origen de la civilización occidental. A pesar de sus tendencias marxistas, el tema resultó muy delicado, si se tiene en cuenta su coincidencia con el ascenso del fascismo. En cualquier caso, Childe realizó un análisis multidisciplinar de gabinete (de hecho no era especialmente destacable como arqueólogo de campo) del problema indoeuropeo, analizando la lingüística, los movimientos migratorios, las invasiones, etc. Repitió sus estrategias multidisciplinares sobre el Neolítico, más desarrolladas en el campo teórico que en el práctico, siendo el creador de la expresión Revolución Neolítica, como contraposición a la Revolución industrial. Childe nunca renegó del difusionismo, pero sin llegar a conclusiones lunáticas como las que hemos ejemplificado, es lo que se ha llamado «difusionismo modificado». De hecho, al explicar los cambios en las sociedades antiguas, Childe asumía la influencia de otras culturas. Los grandes cambios, tales como la Revolución Neolítica, los atribuyó a algún foco de irradiación.

A partir de ahora ya no se hablaría de una simple sucesión de culturas: el modelo cambió, las ramas del árbol no crecían independientes, se mezclaban unas con otras, se entrelazaban, se retorcían e iban hacia atrás a veces. Se produjo la renovación teórica de lo que se ha dado en llamar Arqueología Cultural Historicista: los arqueólogos comprendieron que las culturas se influían mutuamente, pero también que competían y se solapaban; y que ciertos “estilos” en los tipos de artefactos eran una demostración de enlaces socio-culturales, migraciones, invasiones o procesos de difusión cultural. Como diría Matthew Johnson, ya no sólo se trataba de crear una sucesión de culturas colocadas unas sobre otras, sustituyéndose sin relación aparente entre ellas, como en una torre o, mejor, como en el horario de una agenda; a partir de ahora también había que dibujar mapas llenos de manchas con flechas que iban de aquí para allá.​ Aunque Johnson no lleva el símil hasta sus últimas consecuencias, los arqueólogos parecerían jefes de estación organizando horarios e itinerarios, pero no de trenes, sino de culturas prehistóricas; ignorando por completo a los pasajeros, a los individuos.


                              

Cueva de Mas d'Azil, sitio epónimo del Aziliense.


La Ferrassie da nombre a una facies Musteriense.



Cueva de Le Moustier, epónimo del Musteriense.



La Micoque, que da nombre al Micoquiense.



martes, 30 de octubre de 2018

Arqueología de Israel

La arqueología de Israel es de intensiva investigación en las universidades de la región y también atrae un considerable interés internacional a causa de la región bíblica que la liga.

Períodos Arqueológicos

Los períodos arqueológicos del área han sido establecidos de la siguiente forma:

PERÍODO PREHISTÓRICO

Período Neolítico 8500-4300 a. C.
Período Calcolítico 4300-3300 a. C.

PERÍODO BÍBLICO

Período Canaanita (edad de bronce) 3300-1200 a. C.
Edad de bronce temprana I (EB I) 3330-3050 a. C.
Edad de bronce temprana II-III (EB II-III) 3050-2300 a. C.
Edad de bronce temprana IV/Edad de bronce media I (EB IV/MBI) 2300-2000 a. C.
Edad de bronce media IIA (MB IIA) 2000-1750 a. C.
Edad de bronce media IIB (MB IIB) 1800-1550 a. C.
Última edad de bronce I-II (LB I-II) 1550-1200 a. C.
Período Israelita (edad de hierro) 1200-539 a. C.
Edad de hierro I (IA I) (jueces) 1200-1000 a. C.
Edad de hierro IIA (IA IIA) (Monarquía Unida) 1000-925 a. C.
Edad de hierro IIB-C (IA IIB-C) (Monarquía dividida) 925-586 a. C.
Edad de hierro III (período Neo-Babilónico) 586-539 a. C.
Período Persa 539-333 a. C.

PERÍODO CLÁSICO

Período Helenístico 333-165 a. C.
Período Maccabeo/Hasmoneano 165-63 a. C.
Período Romano 63 A.C.-330 E.C.
Período Romano Temprano (Período Herodiano) (Período del Nuevo Testamento) 63 A.C.-70 E.C.
Período Romano Medio(Período de Yavne) 70-135 E.C
Último Período Romano (Período de Mishnaic) 135-200 E.C.
Último Período Romano (Período Talmúdico) 200-330 E.c.
Período Bizantino 330-638 E.C.

PERÍODO ISLÁMICO

Período del Califato Árabe 638-1099 E.C.
Período de Umayyad 638-750 E.C.
Período de Abbasid 750-1099 E.C.
Período de los Cruzados 1099-1244 E.C.
Período del Reino de Jerusalén 1099-1187 E.C.
Período de Ayyubid 1187-1244 E.C.
(Período de Mamluk 1244-1291 E.C.)
Período de Mamluk 1244-1517 E.C.
Período Otomano 1517-1917 E.C.

PERÍODO MODERNO

Período del Mandato Británico 1917-1948 E.C.
Período Israelí 1948-Presente

Sitios arqueológicos

Tsipori (Sepphoris) Universidad Hebrea en Jerusalén
Yavne (Iamnia) Universidad de Tel-Aviv





lunes, 29 de octubre de 2018

Culturas y tipos

Culturas y tipos (nace el evolucionismo)

Durante mucho tiempo, la arqueología avanzó sólo por adicción o por las mejoras en las técnicas del trabajo de campo o de laboratorio, pero sin planteamientos científicos honestos. De ahí surgió el viejo adagio: «Los arqueólogos de campo excavan en la basura, los arqueólogos de laboratorio escriben basura» (Paul Bahn). Efectivamente, los especialistas en arqueología y prehistoria se confundían porque ninguna de las dos disciplinas había sido definida, salvo en los aspectos prácticos. No había un cuadro filosófico claro, se excavaba, a menudo, como otro medio de explotación colonial, o se anteponía el prestigio personal del arqueólogo a la protección del yacimiento, se buscaban tesoros y se despreciaba lo cotidiano.

Primeras herramientas conocidas en Europa.
Eso sí, a través de la detallada definición de los artefactos arqueológicos nacieron los tipos arqueológicos; por medio de sus similitudes y diferencias, la arqueología tradicional aprendió a crear los primeros modelos abstractos, los tipos y las culturas. Los tipos, a través de sus relaciones, de su idiosincrasia, de su ausencia o presencia, de su estilo..., servían para establecer grupos humanos, es decir, culturas. Se fue mucho más allá, tomando un préstamo de la paleontología, se desarrolló el concepto de «fósil-guía», un tipo de artefacto arqueológico que distinguiría la idiosincrasia de una cultura frente a otras, de modo que su presencia permite distinguirlas fácilmente. Las culturas se vinculaban a un tiempo y a un lugar, eran manifestaciones equivalentes a los tipos, pero aplicables a pueblos con rasgos peculiares, diferenciables que, generalmente se equiparaban a etnias. De este modo la cultura arqueológica devino en ser lo mismo que la cultura material. No obstante se entendían los cambios de un modo simplista, un determinismo lineal teleológico: las leyes humanas conducían indefectiblemente al progreso. Y el paradigma del progreso era Europa. De un modo u otro, los arqueólogos habían encontrado la justificación del origen de su cultura, de su supuesta superioridad sobre el resto del mundo, en especial, la burguesía que, paradójicamente, recurría a las tradiciones del pasado para explicar su ascenso social y para justificar sus actividades como un beneficio para la humanidad. Es lo que se dio en llamar la "teoría genealógica".
Pioneros en este terreno son los daneses Thomsen y Worsaae, creadores de la idea de las tres edades de la Prehistoria (edad de Piedra, edad de Bronce y edad de Hierro), completada por Lubbock (Paleolítico y Neolítico). Todo esto ocurría a mediados del siglo XIX (la época de las grandes revoluciones burguesas); al mismo tiempo que Darwin, Lyell, Perthes y los descubridores del Hombre de Neandertal libraban sus respectivas batallas. Sin duda fueron unas décadas prodigiosas, no tanto para el avance científico, cuanto para el cambio de mentalidad hacia la Prehistoria; pero también tristes, porque se demostró que la ciencia no era inocua y que podía ser manipulada con fines espurios.
Poco después, el inglés Pitt Rivers desarrolló la idea de que todo el material arqueológico podía ordenarse según las secuencias tipológicas. Afortunadamente Pitt Rivers se esmeró en su tarea, incluyendo en sus tipologías, no sólo objetos raros o valiosos, sino también ejemplares ordinarios y cotidianos. Otros logros de este insigne investigador de túmulos y poblados británicos es que sus excavaciones eran ejemplares: llevaba un diario, realizaba planos y perfiles, dibujos detallados y reconstrucciones. Puede decirse que Pitt Rivers transformó el oficio de anticuario en el de arqueólogo e influiría decisivamente en el desarrollo de un método científico de excavación.

Historia y teoría

El nacimiento de la arqueología es anterior al de la disciplina prehistórica, cuando los primeros exploradores del pasado se consagraron al estudio de los grandes monumentos de la Antigüedad clásica, el antiguo Egipto y el Próximo Oriente, o, si no disponían de tan espectaculares vestigios, se dedicaron al coleccionismo de antigüedades. Ambas tendencias contribuyeron al nacimiento de la arqueología precientífica, al desarrollo del método de excavación y reconstrucción, al conocimiento de la estratigrafía y a la creación de sistemas de clasificación de artefactos. Por no hablar de la creación de un corpus gráfico tan valioso como los de David Roberts y Frederick Catherwood, o de la creación de los primeros fondos museísticos. Desde la idea del anticuario y del historiador de las grandes civilizaciones antiguas, hasta la actualidad ha habido una importante evolución.

De mito al logos en arqueología 

Lo cierto es que durante toda su existencia, el ser humano ha sido consciente de que tenía un origen, de que había nacido en algún momento del pasado: todos los pueblos, primitivos o no, tienen tradiciones sobre su propia creación. Curiosamente, algunos, como los griegos o los hebreos, ven en ésta al ser humano como una degeneración de un modelo superior, una entidad divina de la que el hombre sería una pobre imitación decadente o impura. En el caso de los hebreos, existe una promesa de redención mesiánica, idea que ha pasado a la tradición cristiana.

Un ejemplo opuesto lo proponen filósofos también clásicos que consideran al hombre la medida de todas las cosas (Protágoras de Abdera), el cambio de mentalidad es propio de la filosofía helenística. Diodoro Sículo, admitiendo al ser humano como un animal más, advierte que, debido al estímulo de la necesidad, la sociedad y el lenguaje, se alza sobre el resto hasta convertirse en el rey de la creación, en resumen, como el último escalón del progreso biológico. La misma idea es descrita con una admirable perspicacia por el poeta romano Lucrecio:

"Al principio, los hombres vivían como los animales, sin el arado y sin herramientas de hierro con que trabajar los campos, plantar o talar árboles. Estos hombres primeros comían sólo lo que el sol y la lluvia proporcionaban: carecían de ropas y no construían moradas permanentes, sino que vivían en cuevas y en chozas de ramas y hojarasca".
El humanismo coincide con las exploraciones portuguesas y españolas, la colonización europea de América y la instalación de factorías portuguesas en África, que tuvieron una consecuencia secundaria. Ciriaco Pizzecolli también conocido como Ciriaco d'Ancona o Ciríaco de Ancona ( Ancona c.1391 – Crémona c. 1455), fue un viajero y coleccionista de antigüedades italiano. Fue de los primeros humanistas del Renacimiento que estudió personalmente los restos físicos del mundo antiguo, y por tal motivo es recordado como el padre de la arqueología. Otros exploradores trajeron objetos de los pueblos que estaban conociendo, y ciertos estudiosos enseguida se percataron que otros objetos, muy parecidos, podían encontrarse entre las ruinas antiguas de la propia Europa (herramientas talladas en piedra, armas de cobre, joyas...). Las culturas recién descubiertas eran consideradas primitivas, eran menospreciadas, pero algunos europeos, con gran amplitud de miras, se dieron cuenta de que en Europa, forzosamente, hubo una fase pretérita en la que la cultura también era primitiva (entre ellos, Ulisse Aldrovandi (1522-1605), de la universidad de Bolonia, que suponía que estos objetos fueron usados antes de que el hombre descubriese el hierro; su mente era demasiado abierta para la época ya que fue acusado de hereje).

El Renacimiento también es el inicio de la actividad arqueológica propiamente dicha, aunque con un objetivo exclusivamente enfocado a la inspiración artística: Brunelleschi, el famoso arquitecto, fue uno de los primeros en excavar ruinas romanas, Miguel Ángel, si no participó, al menos asistió a las excavaciones de las Termas de Caracalla, quedándose atónito ante el conjunto escultórico de Laocoonte, que apareció entre sus escombros. En 1550, el arquitecto Domenico Fontana, cuando seguía la tradicional costumbre de estudiar viejas ruinas romanas, descubrió Pompeya, sin embargo no prosiguió sus trabajos y la ciudad volvió a caer en el olvido hasta el siglo XVIII.

Pompeya es, intrínsecamente, un capítulo aparte en la historia de las excavaciones, pero por sí mismos, los trabajos emprendidos allí en los siglos XVII y XIX no suponen ningún avance ni en el método ni en el concepto de la arqueología, por eso dejaremos a sus excavadores para otro artículo (que esté más relacionado con la cultura clásica y la historia del arte), incluido el mitificado Winckelmann.

En efecto, los trabajos de arqueología clásica no aportaban nada nuevo porque se limitaban a desenterrar grandes monumentos, pero no planteaban ningún problema nuevo sobre la verdadera prehistoria humana. Es más, se adaptaban perfectamente a las ideas religiosas sobre la historia del hombre, y más en el caso del cristianismo, ya que proporcionaban un contexto a la vida de Jesucristo y sus discípulos. Por otro lado, este tipo de actividades se extendió fuera de Europa, despojando las áreas colonizadas de sus más ricos tesoros: obeliscos, cerámicas, frescos, sarcófagos, esculturas, incluso edificios enteros, fueron usurpados a sus verdaderos dueños para enriquecer los fondos de grandes museos como el Louvre, el British, el Pergamon de Berlín o el Metropolitan de Nueva York.

Antigüedad del ser humano 


Podemos atribuir la ruptura con las ideas religiosas sobre la creación del ser humano a excepcionales figuras del siglo XIX. Por ejemplo, Charles Lyell, que había publicado en 1833, sus Principles of Geology, explicando con bastante precisión el proceso de erosión y sedimentación de estratos y calculando la edad de la Tierra muy por encima de las ideas imperantes en la fecha, a saber, la cronología bíblica calculada por Ussher y la teoría catastrofista que reinterpretaba el Diluvio Universal.​ El mismo año de la publicación del geólogo británico, el belga Schmerling había excavado la cueva de Engis, en la región de Lieja, demostrando que en el mismo estrato geológico había restos de rinocerontes, mamuts y otros fósiles (algunos humanos, pero en muy mal estado) junto con útiles de sílex. La revelación fue tan increíble que ni siquiera Lyell le dio crédito.

Cuatro años después, el francés Boucher de Perthes había hallado hachas de pedernal en las terrazas del río Somme, a más de 20 metros de profundidad y en asociación con fósiles de elefante y otros animales extinguidos. Publicó sus hallazgos en varios libros, uno de los cuales tuvo cierta repercusión en Londres. Varios aficionados se trasladaron a Abbeville para visitar la zona y colaboraron en las excavaciones del investigador francés; enterado de los detalles, Lyell claudicó y llegó a la conclusión de que su antigüedad era como mínimo de cien mil años.

Esto ocurría en 1848, el mismo año en que se descubría el primer cráneo de Neandertal en Forbes Quarry (‘Cantera de Forbes’), Gibraltar, sin embargo, este hecho fue silenciado. Darwin ya había desarrollado su Teoría sobre la evolución, que no se atrevió a publicar hasta 1859 en el libro El origen de las especies. Por entonces otro cráneo encontrado en el valle Neander, en la localidad de Feldhofer, Alemania, había salido a la luz, y esta vez sí se le dio publicidad, pero se supuso que era una persona con graves malformaciones. 
En 1866 nuevos restos fueron hallados en la cueva Trou de la Paulette (Dinant, Bélgica), y se parecían mucho a los hallazgos de Engis, Gibraltar y Düsseldorf. Cuando, al poco tiempo, en 1871, Darwin publicó El origen del hombre, donde defendía el desarrollo biológico humano desde un animal similar al mono, ya se había llegado a la convicción de la existencia de una especie extinguida de humano primitivo, el Hombre de Neandertal, llamado así en honor al valle del río cercano a Düsseldorf donde se hallaron los restos más conocidos. La teoría se corroboró en 1891, cuando Eugène Dubois divulgaba la existencia, en la isla de Java, de huesos de una especie más primitiva aún. Al considerarlo mitad hombre, mitad mono, su descubridor le bautizó como Pithecanthropus erectus (‘Hombre-mono que camina erguido’) y, aunque ahora se sabe que era completamente humano, durante mucho tiempo fue equiparado al eslabón entre nuestra especie y los primates superiores.
En esta fase, pues, se produce un importante ruptura que marcará el devenir de la ciencia prehistórica: se reconoce la enorme antigüedad de la especie humana (los historiógrafos suelen elegir el año 1859 como punto de inflexión), lo que plantea no pocos dilemas. El más importante, quizá, es el papel que va cobrando la ciencia frente a la religión. Porque la lucha de Lyell, Darwin, Schmerling, Boucher de Perthes y otros, es una lucha entre las creencias religiosas que ellos mismos tenían y las evidencias científicas que ellos mismos comprobaban. Esta rivalidad entre ciencia y religión no debe minimizarse, pues se extendió a toda la sociedad cultivada de la época. No se trataba ya de un problema de interpretación histórica del pasado, era mucho más: en muchos casos fue utilizada con el fin de demostrar el imparable progreso de la verdad científica. Era, en resumen, una lucha maniquea entre dos supuestas verdades absolutas, la religiosa y la científica.​ Si comprendemos esto, compenderemos el durísmo trance por el que tuvieron que pasar muchos de los investigadores de la época, hasta que por fin se logró (mucho más tarde) compaginar ambas cosas.

El descubrimiento del «Hombre Solo» por Eugène Dubois no fue un hecho aislado en la historia de la paleoantropología, sino que está contextualizado en una serie de hallazgos que, quizá en su momento no tuvieron suficiente significación, pero que, con el tiempo, han ido encumbrándose por su trascendencia. La siguiente línea del tiempo, que va desde la recuperación de los huesos del valle Neander, en 1856, hasta 1930 puede dar idea de lo que estamos diciendo, a destacar, el hallazgo, en 1924 del primer australopiteco por Raymond Dart, el Niño de Taung (en Sudáfrica), un homínido prehumano de extraordinaria antigüedad, que, como el caso del Hombre del Neandertal, no fue asimilado por la comunidad científica hasta algún tiempo después.



                     Cronología de los hallazgos de homínidos entre 1855 y 1930




miércoles, 24 de octubre de 2018

Etnoarqueología

La Etnoarqueología es una disciplina que se encarga de realizar estudios de cultura material de comunidades preindustriales contemporáneas, con una visión eminentemente arqueológica. Se diferencia, pues, de la Etnografía o la Antropología por su enfoque, métodos y propósitos, ligados a la Arqueología.
La Etnoarqueología ha sido entendida y definida de varias maneras y se han propuesto también otros vocablos como sinónimos tales como "arqueología viva", "etnografía arqueológica" o "arqueo-etnografía". Actualmente se cuenta con una variedad de definiciones; entre las más simples están la de MacEachern​ que propone que es "... la intersección de gente viviente y las construcciones arqueológicas" o a la de Hanks​ que expresa que es "la aplicación de métodos arqueológicos a los datos etnográficos".

En general, la Etnoarqueología es entendida hoy en día como una subdisciplina de la arqueología.​ La Arqueología y Antropología pueden ser consideradas "madres" de la Etnoarqueología, aunque es obvio que el desarrollo de esta se da casi exclusivamente dentro del campo de la arqueología. Esto no sólo está relacionado a que los arqueólogos son quienes hacen Etnoarqueología, sino que son casi los únicos que la consumen.

En su uso corriente es considerada como una metodología de obtención de datos de sociedades vivas, pero desde una perspectiva arqueológica y sobre todo, prestando especial atención a los derivados materiales de las conductas humanas. Por lo tanto, esta estrategia de investigación implica trabajo de campo, fundamentalmente (aunque no exclusivamente) mediante la observación participante. Sin duda, los datos provenientes de investigaciones etnográficas y de los documentos históricos son de gran utilidad para la interpretación arqueológica y pueden servir para la formulación y el testeo de hipótesis así como para proveer fuentes de analogía, pero en la casi totalidad de los casos carecen de información sistemática y controlada sobre los productos materiales de las conductas a la que hacen referencia. La estrategia de investigación utilizada es el uso complementario de fuentes etnohistóricas y de información arqueológica pero no la generación de modelos que articulen las conductas de sociedades contemporáneas con sus derivados materiales y con la interpretación del registro arqueológico.